Como se ha dicho, la edad en la que comienza la vejez no es algo que esté delimitado, ni biológica ni psicológicamente, sino que se trata de una convención social aceptada por las distintas culturas. Lerh (1983, p. 362), opina que “el envejecimiento psicológico, entendido como el comportamiento y las vivencias de la vejez, solo en una pequeña parte está determinado de modo biológico, o sea por el estado de salud, y en cambio está ampliamente fijado por factores ambientales, sociales y ecológicos”. Por otra parte, la edad de una persona no es un indicador suficiente para delimitar su estado de salud o funcional, ni su rendimiento intelectual. Asimismo, no es tampoco posible predecir la integración social o el grado de adaptación de las personas a los cambios que experimentan con el paso del tiempo (Lehr y Thomae, 2003).
En un estudio realizado en nuestro país (Santamarina, López de Miguel, López y Mendiguren, 2002) se preguntó a un amplio grupo de personas por la característica que consideraban definitoria de la vejez, y se encontró que el 77% de los participantes consideraba la edad como el aspecto definitorio de la vejez, mientras que el 23% restante se refirió a otros elementos, como la salud, el estar jubilado, la forma de ser, la capacidad intelectual o el aspecto físico. En nuestra cultura, la mayoría de los investigadores que han realizado estudios con muestras de personas mayores, consideran que los 65 años es un indicador de la vejez adecuado, puesto que esta edad se ha asociado tradicionalmente al momento en la que las personas dejan su actividad laboral pasando a formar parte de la categoría de jubilados. No obstante, desde hace algo más de una década, esta situación de consenso social respecto a la jubilación ha experimentado unos cambios considerables, ya que es cada vez más frecuente que las personas queden apartadas del mundo laboral alrededor de los 50 años.
Fuente: http://www.sci.uma.es/bbldoc/tesisuma/16704046.pdf
Fuente: http://www.sci.uma.es/bbldoc/tesisuma/16704046.pdf
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