Estas creencias nos llevan a pensar que determinados acontecimientos negativos azarosos que ocurren en la vejez son producto de la edad y por tanto son inevitables, dado que la edad no puede modificarse. Con mucha frecuencia encontramos personas que atribuyen a la edad cualquier condición negativa (cansancio, tener problemas de memoria, etc.), cuando, en realidad, la edad es un aspecto secunadario a otras muchas condiciones como la preparación física, el desarrollo intelectual, la motivación por las cosas…
Si las cosas malas que nos pasan se atribuyen a esa condición biológica (los años que uno tiene), y si además pensamos que la edad conlleva una imposibilidad para el cambio (“a esa edad, yo ya no puedo cambiar”), es lógico adoptar una postura pasiva ante la vida y extender una visión limitadora de la vejez.
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