¿El deporte envejece?

Atumento del consumo de oxígeno durante el ejercicio no solamente tiene efectos positivos. Eleva también la producción de radicales libres, sustancias muy vinculadas con el proceso de envejecimiento y el desarrollo de algunas enfermedades. Este es el motivo por el que algunos dicen que el ejercicio envejece, aunque los hechos parecen demostrar todo lo contrario.
El estado de juventud del que gozamos los deportistas se debe a que las personas que entrenan regularmente tiene el sistema de defensa antioxidante aumentado, por lo que es más eficaz a la hora de luchar contra los radicales libres que nos "oxidan" 
Por eso, aunque las necesidades de antioxidantes son mayores en las personas que hacemos deporte, una alimentación equilibrada rica en frutas y verduras frescas garantiza en la mayoría de los casos la protección necesaria contra el envejecimiento causado por los radicales libres. Sólo en casos extremos de entrenamiento muy intenso (o si eres consciente de que no estás comiendo como deberías) puedes ser necesario algún complemento alimenticio que proteja tu piel.
Practicar deporte contribuye a mantenerte sano, delgado y en forma.
Algunas de las manifestaciones de la edad son una disminución de la masa ósea y muscular, así como un empeoramiento de la coordinación, la capacidad de movimiento y la resistencia al esfuerzo. La buena noticia es que el deporte frena considerablemente todos esos síntomas, ese es otro motivo por el que los deportistas parecemos más jóvenes.  
Así que el deporte más bien te mantiene joven, lo que te envejece realmente es:
  • El sol: los largos entrenamientos a la intemperie envejecen tu piel si no la proteges adecuadamente. La exposición a los rayos ultravioleta es una de las causas más importantes del envejecimiento prematuro de la piel. Esos daños son mayores cuando tu sistema inmunológico está momentáneamente alterado por el esfuerzo intenso.
  • La pérdida rápida de peso. Los deportistas tenemos facilidad para perder peso, pero en ningún caso conviene perder kilos demasiado deprisa.
  • El alcohol, el tabaco y cualquier droga. ¿Te explicamos las razones?
  • No descansar lo suficiente. Casi todos los deportistas saben que deben beber más y comer mejor, pero muchos se olvidan de que el entrenamiento para ser efectivo requiere descanso. Seguro que has notado que si no duermes te encuentras bajo de energía y te resulta difícil concentrarte. Lo mismo le pasa a tu cuerpo y a tu piel. Durante el descanso tu cuerpo elimina desechos y radicales libres; se repone del esfuerzo y de los entrenamientos. Cuando no duermes lo suficiente, acumulas esos desechos y no te repones. Si padeces déficit de sueño permanentemente los efectos terminan por se irreversibles: envejeces.
  • No tomar suficientes "grasas buenas". Son necesarias para mantener nuestra salud, nuestro rendimiento y resultan fundamentales en el mantenimiento de la película protectora de nuestra piel. Para mantenerte joven, debes tomar grasas, pero de calidad. Aceite de oliva, pescado azul, frutos secos y semillas son tus grandes aliados




Una vez vistos los cambios en el envejecimiento que influyen en el sexo, podemos concluir que las personas pueden tener una sexualidad activa en la vejez.

En este siglo en el que la vida del hombre se ha prolongado considerablemente, aún subyacen conceptos equivocados que plantean que la actividad sexual ha de desaparecer en edades avanzadas como si la sexualidad fuera algo anormal, moralmente mal visto.
Sin embargo es cierto que para muchas personas de ambos sexos envejecer es un factor causante de ansiedad lo que provoca trastornos en la función sexual. El miedo del hombre a fallar en el acto sexual se une a la falsa idea de que la potencia sexual a una edad avanzada se reduce.
En la mujer el temor se traduciría en que su cuerpo no guste a su compañero y en no satisfacerle durante las relaciones sexuales.
Una educación adecuada sobre los aspectos normales del envejecimiento sexual y el reconocimiento de que el sexo no es exclusivo de los jóvenes, son fundamentales para la comprensión y actividad del sexo en edades avanzadas.
Los factores más importantes que influyen en la actividad sexual de personas mayores son:

  • Una buena salud y el interés sexual, lo que influye al compañero o compañera sexual.
  • Una buena información sobre sus posibilidades sexuales.
  • Hablar abiertamente de la situación y de las necesidades de cada uno, de dudas o temores, ya que es absolutamente necesario para conseguir una sexualidad buena y saludable. La comunicación es fundamental para reforzar el vínculo de la pareja, la autoestima de cada uno y la confianza.

Está demostrado científicamente que las personas pueden disfrutar de la vida sexual en todo su ámbito sin importar su edad. Incluso, por ejemplo, un hombre mayor puede ser mejor amante cuando la “urgencia” orgánica ha disminuido ya que podrá tomarse más tiempo para satisfacer a su compañera.

Cabe pensar, por todo ello, que una vida sexual activa en la vejez sólo tiene consecuencias positivas: los mayores se sentirán más apreciados por sus parejas, más queridos y deseados, y su sentimiento de vitalidad será enorme. Desde el punto de vista de la salud, resulta también recomendable ya que nos mantiene en una buena forma física y mejora el funcionamiento del sistema cardiovascular.
Es importante también procurar educación sexual a nuestros mayores y hacerles comprender que la búsqueda del placer en la erección, el coito y el orgasmo son hechos deseables pero no únicos ni necesarios para alcanzarlo. Según los investigadores, para la mayoría de la gente mayor, las caricias, besos y otras formas de contacto corporal resultan ser muy placenteros y son aspectos muy valorados en sus relaciones íntimas.



Fuente: http://www.netdoctor.es/area-de-salud/tercera-edad/enciclopedia/sexualidad-y-envejecimiento

Actividad Sexual y Envejecimiento

Según los autores Kaplan y Sadock, el 70% de los hombres y el 20% de las mujeres continúan siendo sexualmente activos a partir de los 60 años. De todas maneras, la actividad sexual frecuentemente se ve limitada por la ausencia de pareja y por el estado de salud.


Tal y como concluyeron los expertos Masters y Johnson, el envejecimiento tiende a disminuir la actividad sexual, pero no a terminar con ella. Además, la forma más eficaz para mantener la actividad sexual en la vejez es practicar el sexo con frecuencia durante la juventud y en la madurez.

Un reciente estudio norteamericano de la publicación Parade (1999) señalaba que el 55% de las personas entre 65 y 69 años se mantenían sexualmente activas, mientras este porcentaje bajaba al 13% entre los mayores de 85. La frecuencia de las relaciones sexuales varía desde las 2,5 veces al mes para los mayores de 65 hasta las 7,1 veces al mes de la población entre 18 y 65 años, según un estudio de Clements (1966)



¿Cómo es el amor en la vejez?

Hoy por hoy debemos reconocer que los adultos mayores están siendo reivindicados por una sociedad que cada día envejece y que está apreciando en “carne propia” los efectos de la estigmatización de la vejez. Estos cambios han influido en la imagen que las otras generaciones comienzan a tener del adulto mayor, como así mismo en la percepción que el propio adulto mayor está teniendo de sí mismo.
Esta nueva percepción está devolviendo al adulto mayor algunas capacidades, a las que había renunciado por una imposición cultural… una de estas es la capacidad de amar, amar románticamente, apasionadamente.
Era común esperar -tanto del hombre como de la mujer mayor de 60 años- que actuasen  según estereotipos preconcebidos vigentes en todas las épocas y que se representaban por conductas caracterizadas por la sensatez, mesura, realismo y serenidad. Por lo tanto, el adulto mayor no tenía permiso para enamorarse, según sus hijos, nietos y amigos y la sociedad. Enamorarse estaba fuera de lugar. Esta fuerte tradición cultural se ha modificado, por suerte.
Reconociendo que el deseo de amar y de ser correspondido es inherente al ser humano en cualquier momento de la vida, la etapa de la vejez no queda al margen de esta condición humana. Sin embargo, es evidente que  el amor en la vejez es más tranquilo, reflexivo, lejos de la pasión de la juventud, y que con mucha frecuencia se convierte en compañía, como lo muestra el excelente libro de Gabriel García Márquez, “El amor en tiempos del cólera”.
Cualquier persona puede vivir su última etapa de vida gracias al valor que aporta el amor, cultivar el amor en la tercera edad es un verdadero regalo, puesto que no existe mayor medicina para vivir feliz que la ilusión que aporta un corazón correspondido.
Es evidente que los adultos mayores han tenido más tiempo y oportunidades que los jóvenes para aprender a amar de verdad. Han aprendido a compartir también la enfermedad, los achaques, las despedidas de los hijos, la muerte de amigos, en fin, su paulatina disminución de actividad e incluso de fuerza, para apoyarse logrando una  comunión total. Es así como el  amor otorga al adulto mayor un sentido trascendente de la vida.



Fuente: http://www.guioteca.com/adulto-mayor/%C2%BFcomo-es-el-amor-en-la-vejez/

La Tercera Edad y La Depresion

La tercera edad suele describirse como una época de descanso, reflexión y de oportunidades para hacer cosas que quedaron postergadas mientras uno criaba a los hijos y desarrollaba su carrera.
Lamentablemente, el proceso de envejecimiento no es siempre tan idílico. Acontecimientos de la tercera edad como, por ejemplo, los trastornos médicos crónicos y debilitantes, la pérdida de amigos y seres queridos, y la incapacidad para participar en actividades que antes disfrutaba, pueden resultar una carga muy pesada para el bienestar emocional de una persona que está envejeciendo.
Una persona de edad avanzada también puede sentir una pérdida de control sobre su vida debido a problemas con la vista, pérdida de la audición y otros cambios físicos, así como presiones externas como, por ejemplo, recursos financieros limitados. Estos y otros asuntos suelen dejar emociones negativas como la tristeza, la ansiedad, la soledad y la baja autoestima, que a su vez conducen al aislamiento social y la apatía.

DEPRESIÓN
Otra consecuencia más grave es la depresión crónica o la depresión que es recurrente y persistente. La depresión crónica tiene consecuencias físicas y mentales que pueden complicar un problema de salud existente de una persona de edad avanzada y desencadenar nuevas preocupaciones.
Hay pruebas de que algunos cambios corporales naturales asociados con el envejecimiento pueden aumentar el riesgo de que una persona de experimente depresión. Estudios recientes sugieren que las bajas concentraciones de folato en la sangre y el sistema nervioso pueden contribuir a la depresión, el deterioro mental y la demencia. Los investigadores también sospechan que puede existir una relación entre la aparición de la depresión en la vejez y la enfermedad de Alzheimer.
Independientemente de la causa, la depresión puede tener efectos físicos alarmantes en las personas mayores. El índice de mortalidad de los hombres y mujeres de la tercera edad que tienen depresión y sentimientos de soledad es mayor que el de aquellos que están satisfechos con sus vidas. Los programas de tratamiento para los pacientes de la tercera edad deprimidos que tienen una enfermedad cardiovascular y otras enfermedades importantes, suelen tomar más tiempo de lo normal y su resultado es menos satisfactorio.
Además, los sentimientos de desesperanza y aislamiento, que suelen alentar ideas suicidas, son más frecuentes entre las personas mayores, en especial aquellas con discapacidades o que están confinadas a hogares de ancianos.

QUE SE PUEDE HACER
Si bien envejecer es una parte inevitable de la vida, la depresión no debe formar parte de ella. Los investigadores están de acuerdo en que el reconocimiento, el diagnóstico y el tratamiento tempranos pueden contrarrestar y prevenir las consecuencias emocionales y físicas de la depresión.
Estos son algunos aspectos a tener en cuenta al tratar la depresión en una persona mayor:
  • Sea consciente de las limitaciones físicas. Aliente a una persona mayor a consultar con un médico antes de hacer cambios en su dieta o emprender una nueva actividad que pueda estresar su resistencia.
  • Respete las preferencias individuales. Debido a que las personas mayores tienden a ser menos dóciles a los cambios de estilo de vida, pueden ser reacias a adoptar nuevos hábitos o a hacer cosas que otras personas de su edad disfrutan mucho. Un psicólogo que se especialice en problemas de la tercera edad puede ayudar a desarrollar una estrategia individual para combatir la depresión.
  • Sea diplomático. Una persona mayor con una autoestima frágil puede interpretar expresiones de aliento y estimulo bien intencionadas como una prueba más del deterioro de su estado. Otros pueden molestarse ante cualquier intento de intervención. Un psicólogo puede ayudar a sus amigos y familiares a desarrollar tácticas positivas para lidiar con estos y otros problemas delicados.



    Fuente: http://www.apa.org/centrodeapoyo/edad.aspx
El ageism, que se ha traducido al castellano como viejismo (Salvarezza, 1998), gerontofobia (Defensor del pueblo, 2000) y edadismo (Montorio, Izal, Sánchez y Losada, 2002) ha sido estudiado en un amplio rango de fenómenos tanto en un nivel individual como institucional. Butler (1969, p. 22) fue el primero que empleó la expresión ageism, definiendo este término como un “proceso de estereotipia y discriminación sistemática contra las personas por el hecho de ser viejas, de la misma forma que el racismo y el sexismo se originan por el color de la piel y el género”. Por otra parte, Hausdorff et al. (1999, p. 1346) se refieren al ageism como “generalizaciones preconcebidas sobre las personas mayores basadas solamente en la edad”. 

Aunque el término ageism puede incluir, por su significado, los estereotipos y la discriminación hacia cualquier grupo o individuo en función de su edad, su empleo por los gerontólogos se aplica específicamente a los adultos mayores como grupo y hacia los procesos del envejecimiento humano. Palmore (1990, p. 36) sostiene, en relación con este fenómeno, que “las actitudes y las creencias, las conductasdiscriminatorias y las prácticas institucionales, se relacionan y refuerzan mutuamente, contribuyendo a la transformación de la vejez, de un proceso natural, a un problema social en el cual las personas viejas soportan unas condiciones que les perjudican”.

Por otra parte, se considera que el ageism no es exclusivo del mundo adulto. Así, autores como Isaac y Bearison (1986), que han estudiado el desarrollo de los estereotipos y actitudes de los niños hacia las personas mayores, han demostrado su presencia en los niños desde muy corta edad. Estos autores estudiaron las actitudes de niños de cuatro, seis y ocho años hacia las personas mayores. Este trabajo consistió en hacer que niños de estas edades y adultos de 35 a 75 años, trabajaran por parejas haciendo un puzzle. Las actitudes de los niños hacia los adultos se midieron a través de varios parámetros. Estos iban desde grado de proximidad física que mantenían hacia el adulto, la iniciación del contacto visual, y la duración de dicho contacto, las veces que iniciaban conversaciones y el número de las interacciones verbales. También se tuvo en cuenta el nivel de productividad en la tarea. Los resultados presentaron diferencias significativas en las conductas de interacción de ambos grupos en la mayoría de las conductas que se midieron. También se encontró que el número de respuestas de prejuicio aumentaba entre los cuatro y seis años, y se mantenía estable entre seis y ocho 
años. Finalmente, apareció en este estudio que los niños tenían más actitudes de prejuicio hacia las mujeres que hacia los hombres mayores. Esto se manifestó sobre todo en relación con los rasgos de personalidad que eran atribuidos a unas y otros. 



Fuente: http://es.scribd.com/doc/236219471/Estereotipos-Negativos-Hacia-La-Vejez-y-Su-Relacion-Con-Variables-Sociodemograficas-Psicosociales-y-Psicologicas
Hay la creencia de que, a medida que las personas envejecen, aumentan sus actividades religiosas. Los estudios que se han ocupado de este tema, generalmente sostienen la hipótesis de que la religiosidad puede proporcionar a las personas ancianas una fuente añadida de apoyo ante circunstancias adversas, tales como la pérdida de un ser querido. Sin embargo, para autores como Steven-Long y Commons (1992) este aspecto de protección ha sido sobrevalorado y sugieren que, en realidad, la mayor religiosidad de las personas ancianas es uno más de las falsas creencias asociadas a la vejez. 

No obstante, investigadores como Levin y Chatters (1998) opinan que el acudir a actividades religiosas puede aportar a las personas mayores un beneficio social añadido por cuanto esta ocupación les ayudaría al incrementar sus redes de apoyo, y por lo tanto, podría incidir en una percepción más positiva de la vejez. En este sentido, algunos de los resultados obtenidos en una amplia encuesta efectuada en la población española (IMSERSO, 2002), parecen dar soporte a esta idea. Así, este estudio mostró que el hecho de vivir solos aumentaba en las personas mayores la frecuencia en la que asistían a actividades religiosas. Asimismo, se encontró que el porcentaje de asistencia a la iglesia por parte de este grupo era más elevado que el que se daba en la población de mujeres



Enfoque del ciclo vital

Desde esta perspectiva (Neugarten, 1975; Baltes, 1987) se considera el proceso de envejecimiento como un continuo a lo largo de la vida. Este enfoque tienen en cuenta no solo los factores ligados al paso del tiempo en la personas, sino también los relacionados con el contexto cultural e histórico al que pertenecen. De igual forma, se consideran las experiencias vitales individuales, normativas y no normativas. Así, se sostiene que, a lo largo de la existencia, se va incrementando la variabilidad interindividual de modo que, a medida que se envejece, las personas van siendo más diferentes entre sí. 

Entre los supuestos básicos del ciclo vital, está el de que a lo largo de la vida se produce un equilibrio entre las ganancias y la perdidas que se experimentan. En los primeros años de vida hay un predominio de las ganancias, mientras que durante la vejez ocurre el proceso contrario, y son las pérdidas las que sobresalen. Sin embargo, se considera que a lo largo de la vida hay una coexistencia de estos dos elementos. Así, en este enfoque se reconoce que se producen ganancias incluso en los últimos años de la vida de los sujetos. Por otra parte, se toma en cuenta la existencia de las diferencias inter e intraindividuales, y que el paso del tiempo no tiene por qué afectar de la misma forma a todas las habilidades. Así, mientras algunas de ellas podrían permanecer estables o incluso mejorar, como es el caso de la inteligencia cristalizada, otras, como la inteligencia fluida, experimentarían un declive con el avance de la edad. 



Fuente: http://riuma.uma.es/xmlui/bitstream/handle/10630/2667/16704046.pdf?sequence=1

La vejez en nuestro ámbito cultural

Como se ha dicho, la edad en la que comienza la vejez no es algo que esté delimitado, ni biológica ni psicológicamente, sino que se trata de una convención social aceptada por las distintas culturas. Lerh (1983, p. 362), opina que “el envejecimiento psicológico, entendido como el comportamiento y las vivencias de la vejez, solo en una pequeña parte está determinado de modo biológico, o sea por el estado de salud, y en cambio está ampliamente fijado por factores ambientales, sociales y ecológicos”. Por otra parte, la edad de una persona no es un indicador suficiente para delimitar su estado de salud o funcional, ni su rendimiento intelectual. Asimismo, no es tampoco posible predecir la integración social o el grado de adaptación de las personas a los cambios que experimentan con el paso del tiempo (Lehr y Thomae, 2003). 

En un estudio realizado en nuestro país (Santamarina, López de Miguel, López y Mendiguren, 2002) se preguntó a un amplio grupo de personas por la característica que consideraban definitoria de la vejez, y se encontró que el 77% de los participantes consideraba la edad como el aspecto definitorio de la vejez, mientras que el 23% restante se refirió a otros elementos, como la salud, el estar jubilado, la forma de ser, la capacidad intelectual o el aspecto físico. En nuestra cultura, la mayoría de los investigadores que han realizado estudios con muestras de personas mayores, consideran que los 65 años es un indicador de la vejez adecuado, puesto que esta edad se ha asociado tradicionalmente al momento en la que las personas dejan su actividad laboral pasando a formar parte de la categoría de jubilados. No obstante, desde hace algo más de una década, esta situación de consenso social respecto a la jubilación ha experimentado unos cambios considerables, ya que es cada vez más frecuente que las personas queden apartadas del mundo laboral alrededor de los 50 años. 




Fuente: http://www.sci.uma.es/bbldoc/tesisuma/16704046.pdf
El concepto de vejez abarca en el ser humano una pluralidad de facetas que sobrepasan el ámbito de los aspectos biológicos para adentrarse en los psicológicos, los sociales y los filosóficos. Además, el significado de la vejez y el envejecimiento pueden ser considerados desde muy diversos ángulos (Buendía y Riquelme, 1994; Fernández Ballesteros, 2000; Lehr y Thomae, 2003), según se considere, por ejemplo, desde la percepción de las personas que han alcanzado una edad muy avanzada, o se tome como referencia la significación que adquiere en otros grupos de personas de edades y condiciones psicosociales dispares. 

También hay que tener en cuenta la vejez desde la apreciación de los profesionales que se ocupan de la atención y del cuidado de los ancianos, pasando por las propios gobernantes, que deben prever y aplicar medidas de política social. Asimismo, no puede obviarse que en la actualidad, es fácil que la etapa de la vejez ocupe un largo periodo de la vida de las personas, lo que constituye un fenómeno social novedoso. 
Aunque en el diccionario de la Real Academia Española (2001, p. 2299) se define la palabra viejo como “la persona que cumplió 70 años”, sin embargo, no está tan claro cual es el límite de edad en el ser humano para el comienzo de la vejez, pues la esperanza de vida oscila enormemente de una sociedad a otra. Debido a ello, generalmente, se considera que se trata de una convención social aceptada por las distintas culturas (Bazo, 1990; Lehr, 1980). Así, en nuestros días encontramos una media de vida en función de la sociedad en que se trate que va desde los cuarenta años a sobrepasar los ochenta y cinco. Por esto, pueden delimitarse diferentes tipos de vejez, según los parámetros a través de los cuales se defina. 

En este sentido, Fernández Ballesteros (2000) llama la atención sobre “la variedad y hasta la indefinición de la mayoría de las distintas conceptualizaciones de la vejez” (p. 40). Esto es debido a la multiplicidad y complejidad de los cambios que están comprometidos, y porque los cambios son de naturaleza tanto biológica, como psicológica y social, de forma que ninguna disciplina, por separado, puede dar cuenta de ellos en su totalidad. 




Fuente: http://www.sci.uma.es/bbldoc/tesisuma/16704046.pdf
Los estilos de vida saludables no vienen prefijados por los genes, sino depende más de la educación recibida, de los modelos cercanos y las modas. La diversidad en las formas de envejecer no se produce al azar, sino que se pueden aprender a hacer muchas cosas para envejecer bien, con vitalidad.
La actividad física, la alimentación, la higiene, nos ayudan a mantener la salud y el bienestar, pero también nos ayudan la capacidad para enfrentar problemas, el humor, el apoyo social, el ocio y las actividades intelectuales. Cuidar aspectos físico-biológico es muy importante para favorecer un estado de bienestar y un envejecimiento saludable. Pero no menos relevantes son los aspectos psicológicos y sociales. Lo biológico, lo psicológico y lo social influyen mutuamente en nuestra salud y en nuestro envejecimiento. Lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos son factores que dirigen a la persona en su vida.




Fuente: http://tuenvejecimientoactivo.wordpress.com/

¡Envejecemos como hemos vivido!

El estilo de vida que llevemos a lo largo de nuestra vida tiene una relación directa y fundamental con la salud general y también con nuestro futuro envejecimiento. Cuando uno es joven la salud no suele ser un valor principal, ¡la tenemos toda! Pero sabemos que los beneficiones de los comportamientos saludables son a largo plazo. A lo largo de nuestra vida vamos generando hábitos (sedentarismo, ingerir muchas grasas, el tabaco, uso inadecuado del alcohol) que a corto plazo son gratificantes y cuya consecuencias perniciosas no aparecen hasta pasados unos años. Algunos hábitos que durante la juventud no nos afectaban, al producirse el paso del tiempo, nos van influyendo perjudicialmente.
Cuanto antes adquiramos estilos de vida activos y saludables, mejor será nuestra salud y mejor envejeceremos el día de mañana. Pero salvo grandes enfermedades y dependencias, nunca es tarde para cambiar hábitos. Las personas mayores tienen más necesidad aún de adquirir estilos de vida asociados a un envejecimiento satisfactorio. Deben de incorporar en sus hábitos comportamientos, pensamientos y emociones que les haga vivir esta etapa con el mayor grado de bienestar y salud posible. Salvo grandes patologías, nunca es tarde para el crecimiento personal y siempre se pueden compensando algunos declives que se hayan podido producir con el paso de los años.



¿La Edad es una Limitación?

Estas creencias nos llevan a  pensar que determinados acontecimientos negativos azarosos que ocurren en la vejez son producto de la edad y por tanto son inevitables, dado que la edad no puede modificarse. Con mucha frecuencia encontramos personas que atribuyen a la edad cualquier condición negativa (cansancio, tener problemas de memoria, etc.), cuando, en realidad, la edad es un aspecto secunadario a otras muchas condiciones como la preparación física, el desarrollo intelectual, la motivación por las cosas…
Si las cosas malas que nos pasan se atribuyen a esa condición biológica (los años que uno tiene), y si además pensamos que la edad conlleva una imposibilidad para el cambio (“a esa edad, yo ya no puedo cambiar”), es lógico adoptar una postura pasiva ante la vida y extender una visión limitadora de la vejez.

Nunca es Tarde

Un primer paso para envejecer bien pasa por la eliminación de las falsas concepciones y estereotipos sobre la vejez y el envejecimiento. No cabe duda de que existen cambios a lo largo de la vida y que algunos de ellos son negativos y entrañan problemas para el individuo. Sin embargo, estos cambios negativos muchas veces no son producto de la edad sino debido a otras condiciones modificables: falta de entrenamiento, el desuso, enfermedad…
Si se aprende a llevar un estilo de vida saludable, activo y pleno, la vejez puede ser una etapa de la vida de desarrollo personal y de bienestar; si se aprende a envejecer bien, en la vejez se puede vivir con vitalidad. La investigación pone de relieve (aquí) que se puede aprender a lo largo de toda la vida, y también en la vejez. Por lo que siempre estamos a tiempo de modificar nuestros estereotipos erróneos sobre el envejecimiento. De hecho, está demostrado que las personas que tienen un concepto positivo de su propioa vejez, ¡viven más y con mejor salud!

Beneficios de la Tercera Edad

“Los objetivos fundamentales del envejecimiento activo son lograr el máximo de salud, bienestar, calidad de vida y desarrollo social de los adultos mayores, considerando su potencial físico e intelectual, así como las oportunidades que les brinda la sociedad”, explica el Dr. Mendoza Núñez.
Su elemento clave consiste en reconocer a la población mayor como el capital social fundamental para lograr el máximo de bienestar para ellos misma, tomando en cuenta el autocuidado, ayuda mutua y autogestión, y utilizando de manera óptima las redes de apoyo social formal e informal.
De acuerdo con el experto en Gerontología, entre los aspectos positivos del envejecimiento activo para la gente de edad avanzada resaltan los siguientes:
  • Mayor contacto social y percepción de bienestar.
  • Posibilidad de mejorar sus ingresos económicos mediante proyectos productivos.
  • Prevención y control de enfermedades crónicas.
  • Conservación, extensión y recuperación de la funcionalidad física, mental y social.
  • Incremento del desarrollo psicosocial.
  • Mejoramiento de la autoestima, calidad de vida y bienestar.
En este contexto, cabe destacar que las políticas de salud son determinantes para la atención a los ancianos; sin embargo, lamentablemente en México prevalece el enfoque del envejecimiento pasivo, lo que propicia grandes gastos en medicamentos y atención hospitalaria.



Fuente: http://www.saludymedicinas.com.mx/centros-de-salud/climaterio/prevencion/envejecimiento-activo.html

Desafíos de la Edad

En México se está presentando transición demográfica cuyo resultado es el incremento significativo de la población de ancianos. De hecho, en 1950 el número de personas de 60 años o más ascendía a 1,419,685 (5.5% del total), cifra que en 2005 subió a 8,364,334 (8.1%). Asimismo, se prevé que para el año 2025 aumentará a 17,512,000 (12.4%).
“Por otra parte, es necesario considerar que dichos cambios, aunados al avance tecnológico, han propiciado una transformación epidemiológica caracterizada por incremento proporcional de las enfermedades crónico-degenerativas (que se acentúan con el tiempo) respecto a las transmisibles, por lo que las principales causas de muerte en el país, desde 1990, se asocian con el primer tipo de padecimientos”, advierte el entrevistado.
Asimismo, agrega que en 1955 las afecciones transmisibles fueron responsables de 70% de los fallecimientos a nivel nacional; no obstante, en la actualidad sólo contribuyen en 12% y los padecimientos degenerativos se elevaron de 23 a 75%.
En este sentido, la consecuencia de las altas tasas de padecimientos crónicos en la vejez es el riesgo potencial de discapacidad, de ahí que uno de los objetivos fundamentales en los programas gerontológicos sea mantener, prolongar y recuperar la funcionalidad física, mental y social, para lo cual es indispensable la participación activa de las personas adultas mayores en programas comunitarios de tipo preventivo.





Envejecimiento con éxito


El estudio del envejecimiento desde una dimensión positiva ha despertado el interés científico en los últimos años, surgiendo una nueva línea de trabajo más centrada en el envejecimiento satisfactorio o exitoso que en las características de carácter exclusivamente patológico. Este cambio de perspectiva ha sido propiciado según Baltes (1987) o Gutiérrez, Serra y Zacarés (2006), a partir de tres influencias relevantes: la existencia de datos procedentes de los grandes estudios longitudinales, el desarrollo de las ciencias gerontológicas desde su aproximación a un modelo evolutivo contrario al modelo clínico decremental, y los cambios sociodemográficos que han variado la pirámide poblacional con un incremento significativo de la esperanza de vida y, con ello, de la población mundial de personas mayores.
Estas tres influencias han modificado los planteamientos que con respecto al envejecimiento existían, mostrando una realidad diferente a la hasta ahora estudiada, de manera que en la vejez cada vez se vive más y en mejores condiciones. De esta manera, los parámetros del estudio y conceptualización del desarrollo hasta ahora establecidos se han reorientado hacia una nueva forma de entender la intervención con los mayores, puesto que ya no sólo se trata de poder vivir un envejecimiento normal, sino que se puede vivir un envejecimiento óptimo o con éxito. 
En los últimos años, se ha venido conformando un nuevo paradigma que ha venido tomando distintos nombres: “Healthy ageing”, “Ageing well” (Fries, 1989), “Successful ageing” (Rowe y Khan, 1998, Baltes y Baltes, 1990), “Competent ageing” (Fernández- Ballesteros, 1986, 2002a, 2002b; Schroots, 1995; Schroots, Fernández- Ballesteros y Rudinger, 1999), “Active Ageing” (OMS, 2002).
Este nuevo planteamiento sobre el envejecimiento rompe con una tradicional visión negativa del envejecimiento, y como señalan Baltes y Baltes (1990), se orienta hacia la búsqueda de los factores y condiciones que ayuden a identificar el potencial del envejecimiento y a identificar las vías para modificar, en sentido positivo el envejecimiento. 



Fuente: http://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/26298/envejecimiento%20y%20bienestar.pdf?sequence=1
La vertiente social del ser humano y su percepción ha sido reconocida desde la psicología como una de las variables básicas del desarrollo y que en el caso de la vejez puede convertirse en uno de los facilitadores del denominado envejecimiento con éxito. De este modo, el análisis y relación de los elementos sociales que rodean el desarrollo óptimo necesariamente debe pasar por el conocimiento de los apoyos que las personas mayores reciben, ya que este apoyo influye directamente en el bienestar general. 
Según el modelo de Berkman y Glass (2000) sobre relaciones sociales y salud las características de las redes y del apoyo social se consideran como características contextuales del individuo, que actuarían como antecedentes en el proceso de discapacidad y como factores externos que modularían ese proceso. Los sentimientos de inutilidad y la no participación en actividades sociales pueden estar asociados a un bajo nivel funcional (Grand, Grosclande, Bocquet, Pous y Albarede, 1988), aunque en general, y la práctica lo confirma, existe una gran heterogeneidad en estas trayectorias de incapacidad. En este sentido el trabajo de Meléndez, Tomas y Navarro (2011) muestra correlaciones altas y negativas entre la valoración funcional y las relaciones con los demás, elementos que al ser analizados tomando la valoración funcional tanto de forma cualitativa como cuantitativa corroboran la existencia de diferencias significativas. 
Desde un punto de vista positivo de la relación entre estas variables, otros estudios ponen de manifiesto que una vida social activa, con unas buenas redes sociales y con actividad en la comunidad, protege de la mortalidad y predice el mantenimiento de la capacidad funcional (Mendes de León, Glass y Berkman, 2003) y de la función cognitiva (Bassuk, Berkman y Glass, 1999; Fratiglioni, Wang, Ericsson, Maytan y Winblad, 2000 y Holtzman et al., 2004). Del mismo modo, dos estudios realizados en el norte de Europa (Dinamarca y Finlandia) describen que la diversidad de contactos sociales y relaciones sociales y la alta participación social predice el mantenimiento de las ABVD (Avlund, 2004a, 2004b).



Fuente: http://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/26298/envejecimiento%20y%20bienestar.pdf?sequence=1

La Valoración Geriátrica Integral


La valoración geriátrica integral (VGI) o valoración geriátrica exhaustiva es "un proceso diagnóstico multidimensional e interdisciplinario, diseñado para identificar y cuantificar los problemas físicos, funcionales, psíquicos y sociales que pueda presentar el anciano, con el objeto de desarrollar un plan de tratamiento y seguimiento de dichos problemas así como la óptima utilización de recursos para afrontarlos (Kane y Kane, 1981; Rubenstein, 1987). De este modo, la VGI constituye una de las formas más razonables de aproximarse al anciano desde cualquier nivel de atención, siendo esencial su aplicación para mejorar la calidad de vida de los mayores.
Se considera la VGI como la herramienta o metodología fundamental de diagnóstico global en que se basa la clínica geriátrica a todos los niveles asistenciales, aceptada su utilidad universalmente incluido nuestro país (Ribera y Cruz, 1991; Salgado y Alarcón, 1993). Destacando entre sus objetivos y propósitos los siguientes:
Mejorar la exactitud diagnóstica partiendo de un diagnóstico cuádruple (clínico, funcional, mental y social).
Descubrir problemas tratables no diagnosticados o no abordados previamente.
  Establecer un tratamiento cuádruple adecuado y racional a las necesidades del anciano. 
  Mejorar el estado funcional y cognitivo.
  Mejorar la calidad de vida.
  Conocer los recursos del paciente y su entorno sociofamiliar.
  Situar al paciente en el nivel sanitario y social más adecuado a sus necesidades, evitando siempre que sea posible la dependencia, y con ello reducir el número de ingresos hospitalarios y de institucionalizaciones.

Día Internacional de las Personas de Edad


Naciones Unidas designa el 1 de octubre como el Día Internacional de las Personas de Edad. Te dejamos a 8 famosos que lograron éxito entrados en años. Como escribió Platón: "la madurez comienza a los 60 años". ¿Quieres saber quienes forman esta lista?

1. MORGAN FREEMAN. Este actor estadounidense nació en 1937, pero no fue hasta la década de los 80 cuando logró tener éxito en la gran pantalla. En 1987 fue nominado al mejor actor de reparto por 'El reportero de la calle 42' a sus 50 años. Ganó en 2004 la ansiada estatuilla dorada por la película 'Million Dollar Baby' dirigida por Clint Eastwood (un exitoso veterano de 84 años) a los 67 años.
2. GEORGE R.R. MARTIN. Es el autor que está en pleno apogeo gracias a su creación 'Juego de Tronos' y que publicará el próximo día 28 el nuevo libro de la saga a sus 66 años.

3. SUGAR MAN. Este es el nombre artístico de Sixto Rodríguez, protagonista del documental 'Searching for Sugar Man' que logró el prestigioso Óscar en 2013.

Sugar man es un cantautor norteamericano que fracasó en los años 70 para transformarse en una estrella internacional. Durante muchos años fue una estrella al nivel de Bob Dylan en Sudáfrica (pero los sudafricanos lo creían muerto) mientras que en el resto de el mundo no sabía nada de él ¿Quién dice que es tarde para convertirse en una estrella del rock?

4. JOSÉ SARAMAGO. Este escritor portugués publicó en 1947 su primera novela 'Tierra de pecado', pero su gran éxito lo logró con su gran novela 'Alzado del suelo' (1980) a sus 58 años. A partir de esta obra, Saramago publica sin descanso consiguiendo así consolidarse como un escritor de referencia.

5. WINSTON CHURCHILL. El famoso Primer Ministro Británico del periodo Entreguerras, nació en 1874 y logró llegar al poder en Reino Unido con la edad de 66 años. El 10 de mayo de 1940, se convirtió en Primer Ministro británico, volviendo a la presidencia de nuevo en 1951 hasta que se retiró cuatro años después. Además ganó el Premio Nobel de Literatura el 15 de octubre de 1953.

6. GIUSEPPE VERDI. Este compositor italiano de ópera del siglo XIX fue uno de los más influyentes de su tiempo. De echo, hoy día sigue reuniendo a personas de todas partes del mundo para escuchar sus ya clásicas composiciones. Su obra más conocida fue 'Otelo' que se estrenó el 5 de febrero de 1887, a la edad de 74 años.

7. ALEXANDER FLEMING. Este conocido científico escocés descubrió la penicilina (en 1928) a sus 47 años, un antibiótico extraído de un hongo, por lo que le otorgaron el Premio Nobel de Medicina en 1945.

Hay muchos hombres y mujeres de éxito que consiguen sus logros en una etapa madura de su vida como es el caso de los personajes de la lista, o de Goethe que publicó "Fausto" cuando tenía 80 años, o de Cervantes que escribió la segunda parte del "Quijote" con 68 años... ¿A quién incluirías en esta lista?
Una de las primeras aproximaciones al concepto de dependencia se produce en 1998 desde el Consejo de Europa en su recomendación nº R(98)9 del Comité de Ministros a los Estados Miembros, en el que se define la dependencia como la necesidad de ayuda o asistencia importante para las actividades de la vida cotidiana, o, de manera más precisa, como «un estado en el que se encuentran las personas que por razones ligadas a la falta o la pérdida de autonomía física, psíquica o intelectual tienen necesidad de asistencia y/o ayudas importantes a fin de realizar los actos corrientes de la vida diaria y, de modo 
particular, los referentes al cuidado persona. 
Esta definición, que ha sido ampliamente aceptada, plantea la concurrencia de tres factores para que se pueda hablar de una situación de dependencia: en primer lugar, la existencia de una limitación física, psíquica o intelectual que merma determinadas capacidades de la persona; en segundo lugar, la incapacidad de la persona para realizar por sí misma las actividades de la vida diaria; en tercer lugar, la necesidad de asistencia o cuidados por parte de un tercero.

Esa perspectiva también es coherente con el planteamiento de la OMS y la denominada Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), adoptada durante la LIV Asamblea Mundial de la Salud (Organización Mundial de la Salud, 2001), y que propone el siguiente esquema conceptual para interpretar las consecuencias de las alteraciones de la salud (Querejeta, 2000; Vázquez, Herrera- Castañedo, Vázquez y Gaite, 2006):
 Déficit en el funcionamiento (sustituye al anterior término “deficiencia”): es la pérdida o anormalidad de una parte del cuerpo o de una función fisiológica o mental. En este contexto el término “anormalidad” se usa para referirse a una desviación significativa de la norma estadística (por ejemplo, la mediana de la distribución estandarizada de una población).
 Limitación en la actividad (sustituye al anterior término “discapacidad”): son las dificultades que un individuo puede tener en la ejecución de las actividades. Las limitaciones en la actividad pueden calificarse en distintos grados, según supongan una desviación más o menos importante, en términos de cantidad o calidad, en la manera, extensión o intensidad en que se esperaría la ejecución de la actividad en una persona sin alteración de salud.
 Restricción en la participación (sustituye el término “minusvalía”): son problemas que un individuo puede experimentar en su implicación en situaciones vitales. La presencia de restricciones en la participación la determina la comparación de la participación de un determinado individuo con la participación esperada de un individuo sin discapacidad en una determinada cultura o sociedad.
 Barrera: son todos aquellos factores ambientales en el entorno de una persona que condicionan el funcionamiento y crean discapacidad. Pueden incluir aspectos como, por ejemplo, un ambiente físico inaccesible, la falta de tecnología asistencial apropiada, las actitudes negativas de las personas hacia la discapacidad y también la inexistencia de servicios, sistemas y políticas que favorezcan la participación.
 Discapacidad: En la CIF es un término “paraguas” que se utiliza para referirse a los déficits, las limitaciones en la actividad y las restricciones en la participación. Denota los aspectos negativos de la interacción entre el individuo con una alteración de la salud y su entorno (factores contextuales y ambientales).





Fuente: http://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/26298/envejecimiento%20y%20bienestar.pdf?sequence=1